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Maduración Psicomotriz en el primer año del niño

Lydia F. Coriat

Reflejos arcaicos

Reflejo de moro

Es una reacción corporal masiva, subsiguiente al sobresalto determinado por varios estímulos que tienen en común la particularidad de inducir una brusca extensión de la cabeza que altera su relación con el tronco. Consiste en la extensión, abducción y elevación de ambos miembros superiores, seguida del retorno a la habitual actitud flexora en adducción. El conjunto ha sido descrito gráficamente por André-Thomas como “reflejo de brazos en cruz”. Desde su primera descripción por Moro, la mayoría de los autores neuropediátricos se han ocupado de esta sinergia, atraídos por su constancia, la facilidad con que se la provoca y la utilidad que su cronología ofrece para evaluar la madurez de los lactantes.

Para estudiarla es conveniente que los lactantes estén desnudos y sobre una mesa de examen poco acolchada. Los niños particularmente excitables, de tono muscular elevado, suelen brindar respuestas mucho más vivas que los niños apacibles.

Su obtención parece requerir, como lo señala Parmelee, la simultaneidad de dos procesos: la excitación de los canales semicirculares, que se logra al desplazar bruscamente la cabeza, y el estímulo propioceptivo del cuello que se produce cuando la cabeza modifica su posición con respecto al eje del tronco al dirigirse súbitamente hacia atrás. Gareiso y Escardó jerarquizan especialmente este último aspecto: “Es un automatismo postural; todos los estímulos convergen hacia la extensión de cabeza del lactante; es el aumento de tono de los músculos de la nuca el que desencadena la reacción...”.

Varias maniobras semiológicas permiten explorar este reflejo. Si, suspendido el lactante horizontalmente dorso abajo y bien alineado, con una de las manos del médico ubicada bajo su tronco y otra bajo su cabeza, se retira esta última provocando la caída de la cabeza, la respuesta es inmediata (fig. 10). También es franca y pronta la reacción que se logra si, estando el niño apoyado de decúbito dorsal, se lo toma por los muslos y, en movimiento suave pero rápido, se le eleva la pelvis de manera que altere la relación del tronco con la cabeza. La respuesta es la misma cuando el examinador golpea con sus manos a ambos lados del niño la camilla sobre la que yace en decúbito dorsal: en este caso es el propio lactante quien dirige la cabeza hacia atrás en un movimiento como de defensa o de huida.

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La reacción de los miembros superiores ante los estímulos descritos fue designada por Lamote de Grignon como “Moro superior”, por oposición al “Moro inferior”, que busca con la siguiente maniobra: sosteniendo al bebe por el dorso con una mano, se lo mantiene sentado, con el tronco inclinado hacia atrás; con la otra mano se le flexiona la cabeza y, en un momento en que esté tranquilo, se retira esta mano de modo que su cabeza caiga bruscamente hacia atrás. Simultáneamente con movimiento de los miembros superiores que no difieren de los obtenidos con otras técnicas, se produce la respuesta de los miembros inferiores: su extensión, e inmediata flexión de las rodillas, que se aproximan entre sí, mientras los pies se colocan en extensión y rotación interna, y entran en contacto por sus caras plantares, con ventro flexión digital. La fase de recuperación que lleva a los miembros inferiores a su actitud inicial es más lenta que la de los miembros superiores. Lamote de Grignon sugiere sensibilizar la maniobra descrita por medio del “muelle o resorte poplíteo”, consistente en apoyar una mano del observador sobre las rodillas del niño, manteniendo sus miembros inferiores en moderada extensión mientras se induce el reflejo de brazos en cruz y en retirar esa mano cuando comienza a extenderse la cabeza: en general la respuesta inferior es así más neta.

Esta variante de la técnica semiológica habitual que hemos adoptado por considerarla útil, es aconsejada por Paine para investigar este reflejo en lactantes mayorcitos.

Bieber, a diferencia de los demás autores, excluye la participación tónica cervical en el determinismo de esta reacción. Fija con una mano la cabeza y el cuello de los lactantes, y les imprime en los distintos planos del espacio movimientos rápidos seguidos de detención brusca. Obtiene así una franca extensión de los cuatro miembros, de lo que deduce que el reflejo es de origen otolítico.

El reflejo de Moro se manifiesta de igual manera en ambos lados del cuerpo, y toda asimetría reiterada debe ser considerada anormal e investigarse su causa. Prechtl aconseja que, para evitar influencias tónicas de los músculos del cuello capaces de inducir respuestas asimétricas de los miembros superiores, se mantenga la cabeza en la línea media al realizar las maniobras semiológicas.

El reflejo existe en el feto desde edades muy tempranas: Gesell y Peiper citan observaciones en fetos de ocho y media y de nueve semanas respectivamente; Bollea, en fetos de cincuenta y cinco milímetros. Es visible en el prematuro desde el sexto mes, y todos los autores concuerdan en que siempre está presente en el recién nacido normal. Nuestra experiencia lo confirma, y poco podemos agregar a la frase con que Saint-Anne Dargassies lo valora: “Este reflejo es fiel; a nuestro criterio brinda la mejor información del estado del niño y, adelantándose al balance neurológico efectuado con examen sistemático, permite entrever un pronóstico”. Mantiene su intensidad hasta fines del segundo mes de vida, presentándose a veces en forma espontánea; luego se atenúa paulatinamente para desaparecer entre fines del tercer mes y comienzos del sexto, aunque pueden encontrarse normalmente formas incompletas aún en el octavo mes, como apunta Bollea. Nuestra experiencia indica el curso del cuarto mes como la edad habitual de su extinción; el Moro inferior persiste unas semanas después de la extinción del Moro superior, lo que constituye un aporte más a los ejemplos que señalan el sentido céfalocaudal de la maduración.

En los niños que crecen y maduran en ambientes estimulantes, se acelera su desaparición, mientras que persiste durante largos meses cuando la ejercitación postural es escasa, como encontró Fernández Álvarez en lactantes criados en una institución.

¿Qué significado biológico tiene el reflejo de Moro? Se desencadena siempre en el curso de un sobresalto, de una reacción tónica brusca, consecutiva a un estímulo nociceptivo; podría interpretarse como una reacción defensiva que tiende hacia una mejor adecuación del cuerpo en el espacio, luego de alterarse el equilibrio en una posición determinada. De ser así, pudiera considerárselo como una reacción equilibratoria arcaica.

Es de señalar que el niño no es indiferente al sobresalto que desencadena el reflejo de Moro, sino que suele reaccionar como ante una verdadera agresión a su cuerpo, generalmente con agitación y llanto o, al menos, con una expresión semejante a la de un niño mayor asustado. Esta expresión, que parece trasuntar viva ansiedad ante un cambio postural brusco ejemplifica muy bien lo amalgamados que están en el niño pequeño lo corporal y lo anímico. La inseguridad corporal se expresa a través de la expresión asustada y llanto franco, y la respuesta es tanto más intensa y masiva cuanto más pequeño es el lactante. Como dice Prego Silva “...cuanto más inmaduro es el sistema nervioso menos puede manejar la ansiedad que desencadenan situaciones imprevistas...”. Conceptos coincidentes trasuntan las palabras de Guillaumin: “...tenemos derecho a ver, en el reflejo de Moro, el equivalente clínico del sobresalto, y en el sobresalto, el equivalente motor de la sorpresa intensa, con el elemento de desorientación y de inquietud que implica…”.

Por la multiplicidad de implicaciones motrices, evolutivas y psicológicas que ofrece el reflejo de Moro, el pediatra debe estar ampliamente familiarizado con él; solo así obtendrá toda la riqueza de información que es capaz de brindar este signo neurológico.

Bibliografía
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