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Maduración Psicomotriz en el primer año del niño

Lydia F. Coriat

El lactante del cuarto trimestre

Quien se disponga a examinar a un niño de esta edad, debe procurar establecer con él una buena relación inicial: es frecuente que llore cuando se le aproxima un extraño, aún el pediatra con quien se vio frecuentemente y al que aceptó hasta entonces sin recelo.

No es fácil prever el comportamiento de los pequeños. Algunos manifiestan la “angustia de los ocho meses” un poco tarde, en pleno curso del cuarto trimestre; otros, a esa edad, ya la han superado, y admiten confiadamente los exámenes de que son objeto y los juguetes de prueba que se les ofrecen. El examinador tomará nota de las reacciones que observe.

Suele ser conveniente informar a los desconcertados padres sobre el significado —progreso madurativo— de las nuevas y borrascosas conductas de sus hijos. Más aún: ellos deben concientizar y compartir las inquietudes del médico ante la indiferente aceptación por el niño de manos y de rostros extraños.

Desnudo sobre la camilla, el lactante del cuarto trimestre todavía suele manipular su cuerpo; se lleva los pies a la boca, rasguña el abdomen, juguetea con sus genitales. Pero generalmente dispensa más interés a lo que ocurre a su alrededor, a los objetos que encuentra.

Además, es capaz de cambiar de decúbito con soltura y está aprendiendo a desplazarse. Por eso es conveniente disponer de un pequeño sector en el piso del consultorio donde observar libremente a niños de esta edad.

Del decúbito dorsal pasa el niño fácilmente a la posición sentada; alcanza, inclinándose hacia adelante, (fig. 78) los objetos que le interesan, o se desplaza, sentado, hasta ellos. Otras veces, gira del decúbito dorsal al ventral, y arrastrándose sobre el abdomen o sobre las rodillas, explora, gateando, todo el cuarto (fig. 79). Hacia fines de esta etapa utiliza el moblaje para pasar del decúbito ventral a la posición arrodillada y de ésta a la erecta (figs. 80, 81 y 82). Mide sus posibilidades sosteniéndose primero con las dos manos, después con una sola. Luego repite breves y audaces ensayos de liberación, previos a la marcha independiente. Habitualmente da los primeros pasos sin ayuda poco antes o poco después de su primer cumpleaños (fig. 83).

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Estas actividades motrices no son reflejas ni se cumplen automáticamente: requieren aprendizaje previo. Por lo tanto, el observador debe tener en cuenta los factores determinantes de cada acción: los físicos, motores, considerados como neurológicos propiamente dichos, y los emocionales y volitivos, entrelazados con aquellos.

En efecto, aquí entran a jugar un importante papel dinámicas conscientes e inconscientes: el niño da sus primeros pasos cuando está físicamente capacitado para ello porque sus reacciones equilibratorias han llegado a ser eficientes y porque puede mover sus miembros inferiores bastante firmes ya como para sostenerlo; pero fundamentalmente da sus primeros pasos porque algo le atrae como para querer ir a buscarlo, y se arriesga a esa aventura después de haber aprendido que tras dejar un sitio seguro podrá volver a él.

A esta edad el niño va adquiriendo nociones espaciales que coadyuvan a ubicarlo en el mundo. Cuando gatea, es el desplazamiento de su propio cuerpo el que le enseña la distancia a que se encuentra el juguete que ha ido a buscar. Aun antes de saber desplazarse, adquiere conciencia acerca de la distancia que lo separa de un objeto, según pueda o no alcanzarlo con el brazo extendido. Adquiere, asimismo nociones de profundidad, a través del uso del espacio durante sus juegos: sentado en su sillita alta, apenas aprende a soltar objetos a voluntad se dedica incansablemente a arrojarlos, observando su caída, el momento de llegada al suelo, el ruido que producen al chocar contra el piso, el tiempo que tardan en producirlo. Va adquiriendo así conocimientos del espacio vertical que le serán especialmente útiles cuando, al dar los primeros pasos inseguros, deba aprender a caer sin golpearse.

El conocimiento del espacio está estrechamente asociado al del tiempo. Según Piaget, “las primeras nociones temporales dependen de la toma de conciencia de una duración y una sucesión de estados a través de las acciones en que participa el niño…” y “...se confunden con las impresiones de expectativa y esfuerzo, con el desarrollo mismo del acto, interiormente vivido”. Sólo cuando el niño alcanza a adquirir la noción de permanencia de los objetos aun cuando desaparezcan del campo accesible a sus sentidos, echará las bases de la noción de tiempo, a través de los recuerdos, “antes”, y de la elaboración intelectual de lo que está por venir o por volver, “después”. No en vano la madre que se aleja muchas veces retorna una y otra vez, o reaparece el chupete que oculta bajo las sábanas, o el juguete que, soltándolo, vio desaparecer bajo la mesa. Estas nociones se alcanzan probablemente hacia fines de la etapa que nos ocupa o poco después.

Las funciones de la mano se perfeccionan al máximo en esta edad a través del aprendizaje. De la pinza inferior “tipo tijera” ya esbozada antes de los nueve meses, en la que el índice y el pulgar están colocados en un mismo plano, se pasa a otro tipo de pinza, donde se advierte la oposición del pulgar (fig. 84). Todavía es imperfecta, porque el índice esta flexionado y no se utiliza su pulpejo, pero es una etapa más avanzada, y sirve al niño para recoger las migas de su bizcocho y los fideos de la sopa. Efectúa así un aprendizaje para actos de la vida diaria, siempre que la persona que lo alimenta le permita y aún facilite esa ejercitación.

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Mientras tanto, el índice madura y se prepara para su función fundamental en la pinza superior: todo lo señala, toca, hurga, explora. Próximo a los once meses el niño utiliza, al fin, la pinza superior por medio de la cual, pulgar e índice, ambos extendidos, caen limpiamente sobre objetos pequeños a los que asen con precisión. Es cierto que todavía los demás dedos de la mano actuante y, a veces, los de la opuesta se extienden en una sincinecia franca, y que a menudo el cálculo de la distancia al objeto no está bien elaborado: todo lo irá perfeccionando la maduración y el aprendizaje durante los meses siguientes.

Durante el curso del primer año suele estudiarse la maduración del tono muscular del lactante en función del plano flexor, y se acuerda en que ha disminuido por la extensión más completa de los miembros inferiores, la ampliación del ángulo poplíteo, y la mayor apertura de las manos.

Generalmente sólo se habla de tono flexor. Pero es el mismo niño, en el curso del cuarto trimestre, quien se encarga de recordar que el tono extensor también existe y que debe ser tomado en cuenta como función en sí, y no sólo como contraparte del tan supervisado tono flexor. El niño puede mantenerse de pie gracias a la acción de los músculos extensores del dorso y miembros inferiores. Y si aprende a arrojar voluntariamente objetos es porque los músculos de los dedos son capaces de realizar una acción nueva, que consiste en soltar lo que antes se había asido, merced a la actividad agonista-antagonista de los flexores, que se relajan, y de los extensores, que se contraen.

Entre los diez y los doce meses el interjuego asir-soltar se hará automático; pero al principio es voluntario e implica importante progreso motor e intelectual. Además, tiene implicancias psicológicas y sociales. “Soltar” no significa “dar”, pero es la etapa inmediata previa. El niño se anima a soltar porque puede hacerlo, neurológicamente hablando, y porque quiere hacerlo, en términos psicológicos. Y aprende a dar, recibiendo. El niño que, al filo del año de edad, da su juguete o su bizcocho, está bien preparado para los intercambios que entrañan las relaciones humanas.

Varía de uno a otro niño la forma de apoyo del pie desnudo cuando se mantienen parados o dan los primeros pasos; pero predomina el apoyo plano, que persiste hasta la modelación del arco plantar. En un mismo niño, el tipo de apoyo suele cambiar en distintos momentos; a veces se observa por algún tiempo el apoyo sobre las puntas de los pies, esbozo de equinismo que normalmente desaparece pronto. En el esquema habitual, ambos pies están moderadamente separados, con aumento de la base de sustentación; sus bordes internos quedan casi paralelos, y los dedos apuntan hacia adelante, sin desviaciones ostensibles.

Algunos niños, antes de comenzar la marcha bípeda, ejercitan el gateo que, como pauta de conducta motriz, es garantía de normalidad de la sinergia neuromuscular. En la situación inversa, es decir, cuando el niño no gatea, no debe inferirse apresuradamente la existencia de anomalías neurológicas. Factores tales como la calidad del piso del hogar, la disposición de los muebles, y aún el excesivo interés o rechazo de la madre por el gateo, pueden inhibir su práctica.

En torno a los diez meses termina el lenguaje reflejo propiamente dicho y, por condicionamiento, comienza el lenguaje simbólico, engarzado en las primeras sílabas labiales, ma ma má, pa pa pá y ba ba bá. Al cumplir el año, ya suele el pequeño decir mamá y papá referidos a las personas correspondientes, aunque papá suele ser el símbolo vocal aplicado a otros hombres además del padre. Algunos otros objetos familiares, comienzan a ser denominados por sonidos onomatopéyicos, como ppp por la comida o la vibración brbrbr representativa del ruido de los autos.

El lenguaje comprensivo es mucho más amplio que el expresivo, e incluye frases que comprenden ideas complejas, como ¿dónde está mamá?, vamos a comer, ¡qué linda manita!, toma pan, etc.

Las actividades se han enriquecido. Abandona el niño sus anteriores juegos de observación manual o de transferencia de objetos, e inclusive el apasionado reconocimiento de su cuerpo. Ahora ejercita la prensión bimanual y simétrica a un nivel superior: golpetea ambas manos haciendo tortitas y, de la misma forma, golpetea entre sí los juguetes que sostiene en una y otra mano en un juego que Gesell ha dado en llamar “aposición”.

El interés por la alimentación se incrementa ante la posibilidad de colaborar en ella activamente: trata de atrapar la cuchara en su vuelo hacia la boca o se esfuerza por asir alimentos directamente del plato. No siempre este manoteo tiene objetivos alimentarios: revolver y amasar a plena mano las papillas, responde a intereses lúdicos propios de una etapa de maduración corporal que recién se insinúa y que perdurará todo el segundo año. La habilidad materna para aprovechar esta etapa para el aprendizaje del acto alimentario, manual primero, e instrumental, con cubiertos, después, favorecerá en el niño la adquisición de hábitos de independencia.